Reflexiones sobre la oración

Empezamos estas páginas recordando el consejo del apóstol Pablo: “Orad sin cesar”. Si deseamos atender a este consejo, en más de una ocasión nos encontraremos con la imposibilidad de asumir la posición corporal que preferimos o que deseamos experimentar.
Los gestos que forman parte de la oración son muy útiles e impondrán su tono expresivo a la plegaria. Sin embargo, para todos ellos necesitamos también un momento especial, apartado del flujo de acontecimientos cotidianos.

Por este motivo, también debemos aprender a orar de todos modos y en cualquier lugar. Un creyente cristiano contaba que mientras andaba por la calle, en medio del ajetreo de una ciudad moderna, sentía que Jesús iba con él y que podían ir charlando. No estaba errado. Un principio compartido por todas las creencias es que la divinidad está en todas partes, aun en aquellas donde no nos atreveríamos a ir.

Por lo tanto, hay personas que oran mientras caminan, otras mientras salen a correr, y muchos creyentes no tienen inconveniente en rezar mientras viajan en tren subterráneo o están atascados en el tránsito urbano, o en el automóvil antes de emprender un viaje, o en el avión. En la mayoría de estos casos, resulta posible adoptar algunos de los gestos habituales, pero en otros no.

Por lo tanto, más allá de la postura de nuestra preferencia, cualquier gesto puede ser apropiado para la oración y cada persona sabrá elegir la actitud adecuada en la circunstancia que se le presente.

Cuanto más integrada esté la oración a nuestra vida de todos los días, más eficaz será.

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