Mi Navidad grande y vieja de barro

El último año, mi mujer Rose y yo nos ofrecimos como voluntarios para llevar un grupo de siete jovenes de secundaria, una enorme pila de regalos, comida y un árbol de Navidad a una familia necesitada en East Austin. Salimos de manera directa de la iglesia, por eso estábamos en nuestro mejor domingo. Ese fue mi primer error. Empacamos el árbol y la comida en el todoterreno de Rose, pusimos los regalos en el maletero de mi coche y nos fuimos. Cantamos villancicos navideños hasta la parte de Austin Oriental, donde los caminos se convirtieron en tierra. Las precipitaciones intensas de la noche previo habían desarrollado gigantescos fosos de barro que tuvimos que recorrer en coche. Buscábamos el lugar de vida de María Ceballos y sus seis hijos. Cuando por último podemos encontrar el sendero preciso, era un sendero de tierra con su inmenso e insuperable foso de barro justo en la mitad de donde teníamos que ir. Pero no se encontraba nervioso. Teníamos regalos de Navidad que dar. Me detuve justo antes de llegar al pozo de barro para marcar la preferible estrategia. Aparentaba que si nos quedábamos a la izquierda de la parte más profunda del pozo de lodo, tendríamos la posibilidad de pasar. Me puse en marcha y prometí continuar moviéndome sin importar lo que pasara. Ese fue mi segundo error. En el hoyo rodé y mis llantas han comenzado a girar, pero el auto no se movía. “Tengo que continuar moviéndome”, me dije a mí mismo. Doblé la rueda hacia la izquierda y después hacia la derecha para evadir que las ruedas se clavaran en un solo punto. Funcionó. Mantuve el acelerador bajando y rotando las ruedas a la izquierda y a la derecha hasta que había “caminado” el coche hasta donde había un punto ” seco” y después me detuve en el césped. Después salí a conocer a Rose y a los jovenes que estaban en el todoterreno detrás de mí. Se encontraba lo bastante segura de que se encontraba atascada en el pozo de barro y se encontraba realizando lo malo que podía – tirando al motor y excavándose más intensamente. Estas chicas de Wisconsin tienen la posibilidad de conducir en la nieve, pero no en el barro de Texas. La saludé con la mano y apagó el motor. Ella y todos los jovenes se amontonaron en la camioneta y se amontonaron en el barro con la ropa limpia de la iglesia. Los chicos jovenes mexicanos del vecindario se han quedado ahí parados mirándonos fijamente como si estuviéramos locos. Dejé a Rose y a los jovenes con los transportes y caminé por el sendero fangoso para ver si podía hallar la vivienda de los Ceballos. Sólo la mitad de las viviendas de bloques de cemento y viviendas móviles poseían direcciones. Nadie aparentaba entender quién era María Ceballos o dónde vivía. Se encontraba deprimido, suponiendo que quizás no estábamos en el sendero preciso y en este momento estábamos atrapados en el fango con un grupo de jovenes hiperactivos de secundaria. Me di la vuelta y caminé de regreso hacia los autos sólo para ver a Rose y a los jovenes marchando alegremente hacia mí y llevando bolsas de regalos y el árbol – como un premio. “¿Qué estás realizando?” grité. “¿No es aquí donde habitan?”, hizo la pregunta Rose. “Pensé que por eso te habías salido de la carretera.” Los jovenes tiraron el árbol de Navidad en el barro cuando volvían al coche. Por eso en este momento teníamos un árbol de Navidad sutilmente embarrado para dar. Intentaba no frustrarme. Era Navidad y estábamos ahí por una aceptable causa. Me las arreglé para que el todoterreno se desatascara y se volviera a poner en un espacio semiseco. Aparentaba que el sendero se encontraba un algo más seco a unos centenares de metros, pero teníamos que atravesar el resto del foso de barro para llegar hasta ahí. Nuestra exclusiva otra opción era volver a salir por donde entramos y ofrecer la vuelta a la manzana. Decidimos ofrecer la vuelta a la manzana. Pero primero, teníamos que regresar por medio del pozo de barro del que acabábamos de huír. Para entonces, me sentía como un profesional. Puse el martillo hacia abajo y envié lodo volando por todas partes y lo hice de vuelta por medio del pozo de lodo sin ningún inconveniente. Rose, lamentablemente se quedó atascada otra vez. Unos cuantos adolescentes la vieron peleando desesperadamente y corrieron a ofrecerle un impulso por detrás con las manos. Bautizó a uno de ellos en el lodo cuando por último logró girar el agujero y llegó al otro lado. “¡Lo siento!” gritó desde la ventana. “¡No hay inconveniente de heno!” vino la respuesta. Estoy seguramente lo último que deseaban era unos cuantos yuppies con un grupo de jovenes pegados justo enfrente de su casa para el resto

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