Los ojos y la oración

Los ojos

Se ha dicho una y otra vez que en la cultura occidental, la vista prevalece sobre los demás sentidos. No sólo en Occidente, la cultura moderna es cada vez más visual. Sin embargo, desde tiempos remotos existen distintos gestos de los ojos a la hora de la oración:
Ojos cerrados, es la actitud más común en Occidente, la que tradicionalmente se enseña a los niños y se observa en los lugares de oración. Implica una renuncia temporaria a los estímulos visuales exteriores para concentrarse en el mundo interior y en el diálogo sin distracciones con la divinidad.

Ojos entreabiertos: más frecuente en algunas disciplinas de meditación del lejano Oriente. Los párpados no llegan a cerrarse del todo, pero tampoco quedan plenamente abiertos. La mirada no enfoca nada en particular, pero tampoco queda desenfocada ni se recurre por entero a la visión periférica. Por lo general los ojos quedan fijos pero distendidos, dirigidos a un punto no muy lejano. La mirada no queda fija en ese punto, sino que trata de abarcar todo el campo visual aunque sin concentrarse en nada.

Ojos abiertos en contemplación: en este caso los ojos quedan abiertos y la mirada se fija o concentra en una imagen o símbolo religioso —un mandala, una imagen sagrada, un libro o rollo de escrituras, un paisaje o accidente geográfico que inspira reverencia. Esta actitud puede utilizarse cuando se establece un diálogo intenso con la divinidad o una figura que representa lo sagrado. Sin embargo, está más vinculada a los estados de contemplación que a la oración.

Mirada hacia el cielo: el cielo es un símbolo natural de trascendencia, de lo que está por encima de todo. En las tradiciones espirituales indoamericanas es frecuente que durante la oración la mirada se dirija al cielo o a un espacio amplio y abierto. La oración cristiana también comprende este gesto.

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