Dónde orar. Lugares de la oración

Lejos quedaron los tiempos en que la imaginación humana confinaba a la divinidad a algunos lugares de carácter especial.

Muchos pueblos han creído que lo sagrado tenía límites espaciales. Por ejemplo, era común pensar que cierto dios o grupo de dioses tenía poder en determinado país o región, pero al cruzar la frontera, los dioses a los que había que dirigirse eran otros.

Otros creían que una divinidad se manifestaba de manera especial en un templo o santuario, o en algún sitio natural, como una montaña. Fuera de estos lugares, la presencia divina se debilitaba.

A lo largo de los siglos estas creencias se han ido apagando para dar lugar a la noción de que Dios está en todas partes y que ningún sitio le es ajeno.

Más aún, el estudio de las religiones y la comunicación cada vez más fluida entre Oriente y Occidente han instalado de manera definitiva la convicción de que la divinidad está presente y se manifiesta tanto en el exterior del ser humano como en su interior, en lo más profundo de su alma.

En la arena cotidiana o en el retiro, en la naturaleza o en el tránsito urbano, en los más bajos fondos o en las cumbres iluminadas, en la miseria y en la lucha, en la calle o en los templos, en la soledad o en comunidad, la posibilidad de establecer un contacto genuino con la divinidad, ya sea a través del diálogo, la contemplación o el sentimiento, está siempre presente. La apertura a ese contacto depende de cada persona.

Dios está en todas partes. Pero aun así, ¿existen lugares específicos para orar? ¿Hay lugares que favorezcan la oración en mayor medida que otros?

Las respuestas a estas preguntas nos remiten siempre a la experiencia. No sólo la experiencia individual, sino también la experiencia colectiva.

En primer lugar, no siempre es posible elegir el lugar donde orar. Si deseamos que la oración sea un vehículo constante de comunicación con la divinidad, debemos estar dispuestos a entregarnos a ella en cualquier lugar donde surja la necesidad. Sin embargo, un individuo puede hallar que algunos lugares le son más atractivos que otros. Las razones de estas preferencias pueden ser muchas, y hasta pueden ser ignoradas por el mismo individuo.

Siempre hay lugares, paisajes o situaciones que resuenan en nosotros de una manera especial, con los que sentimos mayor afinidad, que nos despiertan sentimientos y sensaciones asociados a la oración. Puede deberse a una experiencia personal o a una inclinación de nuestra particular manera de ser. Así, hay quienes prefieren la soledad y quienes la compañía, unos se inspiran en la montaña y otros junto al mar, unos acuden al desierto y otros a un monasterio, unos concurren a un templo o santuario y otros prefieren el reparo del hogar. Y aunque es bueno experimentar todo, estas preferencias son tan personales como los gustos.

Sin embargo, vale decir también que la experiencia colectiva de la humanidad ha ido dando significado especial a ciertos sitios. Puede gustarnos o no, podemos hallarle afinidad o no, pero hay ubicaciones que encierran un valor simbólico reconocido.
Vamos a realizar un breve repaso de ellas para ver de qué manera pueden enriquecer la oración.

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