Consecuencias del pecado

Si Dios nuestro Padre en sus designios de amor nos envió a su propio Hijo Jesucristo a salvarnos y redimirnos; si a pesar de nuestra desobediencia nos amó tanto y nos hizo hijos en Jesús; no pretendamos nosotros transitar por esta existencia sin sufrimiento ni dolor. Su propio Hijo Jesús vivió la pasión, el oprobio, la humillación y la muerte de cruz para vencer a la muerte y entrar en la gloria; prefirió hacer la voluntad de Dios y humillarse que aceptar los honores del mundo.

Jesús sabía que con su muerte vencería a la muerte, es decir, vencería a Satanás. Sabe únicamente el Padre el momento de la venida triunfal y definitiva de Jesús; allí se cerrarán definitivamente las puertas del infierno; habrá una nueva creación; todos los muertos resucitarán, bajará la Jerusalén Celestial, y en esa nueva creación con cielo nuevo y tierra nueva gozaremos como antes del pecado original de la presencia de Dios entre nosotros. Esta es una promesa de Dios y Dios no miente. Sabemos nosotros que una vida de pecado nos aleja de Dios y nos condena a vivir acá sin paz, en las tinieblas del mundo y ganándonos, en el mejor de los casos el purgatorio; o el mismo infierno. De allí que debemos hacer todo lo posible para seguir a Cristo y defender la salvación que el Padre Dios en El nos regaló. En definitiva, o seguimos a Cristo o seguimos a Satanás.

El sufrimiento de Jesús tuvo un motivo: nuestra salvación. Nuestro sufrimiento también debería tenerlo: unirnos con el sufrimiento de Jesús, ofrecerlo y atesorar méritos para la purificación de nuestras almas.

La prueba nos purifica como el oro en el luego; en verdad de allí saldrá probada la fe y nos pareceremos cada día más a El; el premio no lo tenemos acá; el premio es la certeza de lo que gozamos al pasar de esta vida a la gloria eterna.

El pecado afea el alma; nos aleja de Dios; nos deforma; nos hace rebeldes a la voluntad de Dios. No hay pecado que Dios no pueda perdonar; El perdona y olvida, perdona el pecado y la culpa que trae consigo ese pecado, también es cierto que en materia de pecado sólo Dios conoce.

Todos somos pecadores; Dios nos ama como hijos que caemos en el pecado a pesar de los esfuerzos de evitarlos; el pecado habita en nuestra naturaleza humana.

Hasta el más pecador es hijo de Dios, El no hace acepción de persona; Dios no tiene hijos de primera clase o de segunda. Él nos ama, somos sus predilectos; Satanás nos odia y trata de aniquilamos y de alejarnos de Dios.

Dios nos incorpora en la Iglesia con Cristo como cabeza y todos nosotros como cuerpo; caminamos con la fe puesta en Jesús para llegar al Padre Dios; nos reconciliamos tantas veces como caemos y con Cristo eucarístico reponemos fuerzas para continuar en su camino.

Dios me perdona el pecado y la culpa , y me da la oportunidad de amortizar el daño que causé con mi pecado, me da la oportunidad de reparar las consecuencias de mi pecado. Únicamente él sabe a cuánto asciende esa pena, esa deuda; sin duda es conveniente saldar la pena acá en esta vida y no en el purgatorio.

Todos nuestros sufrimientos, dolores y enfermedades ofrecidas nos sirven para ordenar desde acá nuestra eternidad; como así también todas las obras de bien que podamos realizar. El objetivo: llegar al cielo sin deudas. Y si lo que ofrecemos es mayor de lo que debemos, María como ecónoma del cielo y dispensadora de las gracias, lo pondrá en algún hermano que en el purgatorio necesite ayuda. Si cancelo mi pena al morir voy al cielo; si no cancelo acá en la tierra lo haré en el purgatorio, con la certeza de que del purgatorio pasaré al cielo cuando Dios lo autorice.

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