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Transporte

Imagen 26-10-2006 Cafeteras rodantes con forma de bus urbano

Fuera coñas, lo cierto es que el transporte público es un verdadero tormento, al menos en Santiago, y que resulta francamente difícil soportar esa tortura cada día.

 Algunos reconocemos ser pelín finolis y bastante repugnantes, pero los autobuses urbanos, para qué negarlo, nos superan. Eso de calzarte un café templado con medio cruasán duro para desayunar y luego ponerte a esperar media hora en la parada, muchas veces bajo una marquesina con más agujeros que un colador en la que acabas tan mojado como un flotador de pato, no es una forma muy ideal, seamos serios, de empezar el día.

A veces, para colmo, cuando ya has conseguido la proeza de pillar el bus deseado, al conductor le da por poner los grandes éxitos de Pimpinela, o de Bustamante, y allí te ves, apretujado entre un sinfín de fulanos desconocidos y maldiciendo, con cara de giliflautas, el día en que algún homo insapiens aburrido le dio por inventar la música ligera golpeando dos palos. Ya se los podía haber metido por algún sitio. En suma, que iniciar el día con un desayuno cutre y esperando tres horas el bus urbano supone caer en la náusea existencial ya desde el mismo momento en que suena el despertador. Lo suyo, reconozcámoslo, es que el eficiente Damián te lleve el zumo de naranja y la bollería fina hasta la cama con dosel y luego que Bautista te acerque en coche, por muy contaminante y poco sostenible que sea este medio de transporte, a algún lugar en el que haya que trabajar más bien poco y cobrar más bien mucho, como corresponde a la gente de cuna alta y buena crianza.

Fuera coñas, lo cierto es que el transporte público es un verdadero tormento, al menos en Santiago, y que resulta francamente difícil soportar esa tortura cada día, habitualmente varias veces, sin hacerte adicto a los psicotrópicos. Parece mentira, por ejemplo, que a estas alturas de la película sigan funcionando en Compostela cafeteras rodantes del año de María Castaña en las que las puertas no cierran bien, de forma que estás obligado a tragarte todas las ventoleras y aguaceros del mundo, los asientos parecen potros de tortura y los traqueteos del motor y la carrocería son tales que lo normal es acabar echando la pota del bífidus activo sobre el cogote del conductor. Y si a eso le sumamos el olor a sobaquina de los pasajeros reñidos con el Axel y los cánticos de Bisbal, pues imagínense el panorama.

Lo que resulta descorazonador es ver cómo en ciudades de varios millones de habitantes, como Madrid, Barcelona, París o Londres, el servicio de autobuses urbanos funciona infinitamente mejor que en Compostela, una ciudad pequeña en la que, por narices, tendría que ser mucho más fácil controlar y ajustar el tema de horarios, de líneas y de retrasos, por no hablar de la calidad asistencial (¿cuántos vehículos cuentan aquí con GPS, por poner un ejemplo?) Lo dicho, que donde esté el coche particular que se quite el bus urbano. Al menos hasta que no sea gratuito. O, mejor, que te paguen por utilizarlo.

Demetrio Pélaez

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