Demografía
30-09-2007 Una nueva burguesía estrechamente ligada al poder mediático
Ya la post burguesía le corresponde el neolumpenproletariado. El término, sin el neologismo, fue utilizado por Carlos Marx –creo que por primera vez- en su obra La Ideología Alemana. Designaba la población situada socialmente por debajo del proletariado.
Los burgueses detentaban el poder económico porque poseían la capacidad de
transformar los factores productivos en bienes y servicios. Muchos de ellos son recordados como explotadores, o benefactores, pero sin duda como hacedores del progreso económico. Algunos dedicaron parte de sus extraordinarios beneficios a la cultura o a la asistencia social. Nuestra burguesía fue sobre todo de perfil industrial en Cataluña, y el País Vasco, y financiera y comercial en Madrid, y Andalucía. José Salamanca o Joan Eusebi Güell serían algunos ejemplos de nuestro siglo burgués por excelencia, el XIX.
Hoy, si circula desde Niza al barrio de Monte-Carlo por la cornisa media o baja le podrán señalar como hitos de distinción y magnificencia la casa –dígasele mansión– de Elton John o de Bono. Estos y otros astros y estrellas del ocio de masas constituyen la referencia. Los hoteles de Mónaco ya no muestran su pedigrí explicando que un buen día acogieron al Rochild reinante sino a una artista, Tina Turner por ejemplo.
Esto es así porque existe una nueva burguesía estrechamente ligada al poder mediático, que no produce bienes y servicios sino que está estrechamente vinculada al gran negocio de nuestro tiempo, el de la notoriedad mediática. Son determinados deportistas profesionales; Beckham es el icono perfecto, como lo es también su mujer que pertenece al grado superior de esta neoburguesía: aquella que se define por su perfecta inutilidad social. Artistas de cine; raro es encontrar entre esa nueva plutocracia quienes sólo se dediquen al teatro. Cantantes, casi exclusivamente de alguna variedad “pop”, algunas modelos, unos pocos novelistas, casi estrictamente los especializados en producir best sellers.
Entre ellos, la TV y la prensa amarilla/rosa, y la que lo es disimulando, hay una estrecha simbiosis económica. Ahora ya no se trata de producir acero o construir ferrocarriles, sino vender “estilos de vida”.
Su poder no se mide solo en dinero sino en su, digamos, “maestrazgo” mediático. Por ejemplo, en nuestro país el más destacado e inmarcesible cantante -por decir algo —sin voz—, Miguel Bosé puede impartir lecciones sobre política, ética, filosofía, lo que quiera —como doña Victoria— con una proyección pública, de notoriedad mediática, de la que carecen grandes pensadores con obra consolidada, como Taylor, o Habermas, a pesar de que estos nos ayudan en algo tan decisivo como es comprender nuestro tiempo, y por consiguiente, a nosotros mismos. Los medios de comunicación también podrían divulgar a los realmente poseedores de sabiduría, encontrarían más “chicha” en ellos, sería más interesante, incluso emocionante y divertido, pero les exigiría un esfuerzo intelectual que la mayoría del periodismo coetáneo, espolón de la decadencia, no está en disposición de hacer. No puede y no quiere. O como mínimo podrían mostrar la realidad en su complejidad, con claridad y destreza, como hace por ejemplo Roberto Savian, en “Gomorra”, pero tampoco.
La neoburguesía y el periodismo de la trivialidad, el formidable “business de lo trivial” se necesitan porque forman parte del mismo sistema de explotación. Son constructores de las grandes alienaciones, palabra olvidada a pesar de su capacidad para describir lo que sucede. Aquellos famosos no necesitan una particular habilidad, basta con que cumplan la condición de serlo. O si la tienen consiguen recompensas indecentes. 3.000 millones al año de las antiguas pesetas, dieciocho millones de euros percibe Alonso, que se arriesga tanto como un camionero que conduce ocho horas diarias cinco días a la semana. Como decía uno de los pescadores compañero de los ahogados y desaparecidos de Barbate. “Por 300 euros de mierda a la semana nos jugamos acabar de la misma manera”.
Algo fundamental falla en nuestra sociedad, cuando una tarea de riesgo tiene la misma recompensa semanal, que el cubierto de un restaurante para la postburgesuía. ¿Demagogia? Sin duda, la demagogia de los hechos.La gran diferencia radica en que en este tiempo los marxistas de antaño, son aliados políticamente del complejo industrial-mediático que combina la plusvalía con la farándula. Ya la post burguesía le corresponde el neolumpenproletariado. El término, sin el neologismo, fue utilizado por Carlos Marx –creo que por primera vez- en su obra La Ideología Alemana. Designaba la población situada socialmente por debajo del proletariado.
“El grupo social más bajo sin consciencia de clase”, sin conciencia de ser explotados y capacidad para organizarse. Hoy son los mileuristas o los que no llegan a ello.
En realidad el neolumpen es la expresión de la sociedad low cost, que permite establecer un imaginario de consumo burgués, muebles de diseño, ropa viajes y vacaciones low cost, a pesar que en ocasiones deban retrasar la compra de un tubo de dentífrico para cuadrar el mes. Generalmente son jóvenes (y mujeres, emigrantes, estos expulsados del low cost por su indigencia), con trabajos eventuales, con sueldos que en términos reales han decrecido en estos últimos años -extraña izquierda la que nos gobierna- empujados a encontrar sentido a la vida en la marcha de fin de semana, el i-pod , la conexión permanente a algún artilugio electrónico, y el sexo aquí te pillo aquí te mato.
Es un grupo social que desconoce el silencio y la organización para defender sus derechos, y que tiene ante sí el futuro tremendo de vivir en el país desarrollado más endeudado del mundo en relación a su capacidad económica. ¿Va a ser esa nuestra herencia, la siembra para nuestros hijos y nietos?
Josep Miró i ArdèvolFuente:
La Gaceta de los Negocios
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